GUILLERMO NUNEZ ABOGADOS ASESORES FISCALES
 

ÉPOCA DE OPTIMISMO APARENTE

Domingo, 30 de septiembre de 2018.

       Los estados depresivos no son predicables de las sociedades en su conjunto, sino más exactamente, de los individuos. Estos estados precisan de tratamiento sicológico o siquiátrico. No obstante, a determinadas coyunturas económicas negativas con consecuencias globales para millones de personas se les suele calificar como auténticas depresiones, pero en este caso, el término depresión tiene un significado distinto. Como bien señala el diccionario de la RAE, se entiende por tal un período de baja actividad económica general, caracterizado por desempleo masivo, deflación, decreciente uso de recursos y bajo nivel de inversiones. Caso paradigmático es la Gran Depresión norteamericana de 1929. Por el contrario, con el término recesión se suelen referir los economistas también a un período de crisis, pero de intensidad más suave o puramente coyuntural de la que, en principio, resulta más fácil salir. En Canarias tenemos ejemplos puntuales de recesión, como la turística en la década de los setenta del siglo pasado (consecuencia de la denominada crisis del petróleo) o la actual de la construcción a partir del desmoronamiento real y referencial de la entidad financiera norteamericana Lehman Brother y las hipotecas subprime (crisis financiera internacional o crisis de la denominada burbuja inmobiliaria).

 

      Lo indudable, en todo caso, es que, ya nos hallemos ante una depresión o ante una recesión, una de las consecuencias ciertas que derivarán de las mismas serán los trastornos por depresión y la alteración del ánimo vital de muchas personas que comprueban como de la noche a la mañana son desahuciados de sus viviendas por falta de pago de la hipoteca contraída con el banco,  o que pasan a formar parte del paro con pocas o nulas posibilidades de volver a encontrar un trabajo que les permita el sustento de su familia.

     

    Hay que reconocer que el gobierno de Mariano Rajoy aplicó medidas de política económica que fueron en lo fundamental acertadas para tratar de superar la crisis financiera que tan negativamente afectó a nuestro país, y todo ello, apelando al sacrificio de tener que aprobar recortes en el gasto público que sólo los políticos responsables pueden tomar. Ese tránsito de lo peor de la recesión -que hoy agraciadamente parece en lo esencial superado-, a los actuales indicadores económicos que muestran una mejora de nuestro bienestar, puede ser de nuevo puesto en cuestión si el actual gobierno de Pedro Sánchez opta por la solución más populista o electoralista: aumentar de manera incontrolada el gasto público a fin de así compensar a los sectores de la población que cualitativa y cuantitativamente más han sufrido los efectos de la crisis.

 

        Gastar y consumir ha sido siempre una característica inherente a los seres humanos que el sistema capitalista ha sabido monopolizar casi en exclusiva como sinónimo de felicidad (hasta los chinos no confucianos han adoptado esta regla), y la misma tendencia que anida en el individuo con relación a su economía particular, puede que se repita cuando esos mismos individuos ocupan un cargo público, máxime, si se tiene en cuenta que el dinero que manejan no es de ellos, sino de todos los españoles.  Es la tendencia del actual Gobierno de la Nación y de partidos como Podemos. Y una de las consecuencias de ello será, sin duda, que disminuya el número de depresivos crónicos (es el caso de muchos pensionistas) y que aumenten simultáneamente los estados de ánimo positivos, pero los resultados del tratamiento pueden ser sólo coyunturales o aparentemente reales, porque al final, nos podemos encontrar de nuevo con una depresión o una recesión en términos económicos, y otra vez, vuelta a empezar. Algunos dicen que esto último es propio del capitalismo, es decir, que hay ciclos al alza (crecimiento económico) y a la baja (recesiones).

 

      Además, en el caso de Canarias, ese optimismo desenfrenado que manifiesta la mayoría de la clase política que ha logrado durante la crisis aumentar los ingresos públicos de la Comunidad Autónoma, Cabildos y Ayuntamientos (algo sorprendente y que analizaremos en su momento), olvida que la Unión Europea pasa en la actualidad por uno de sus peores momentos desde su fundación (crisis migratoria, brexit,  ascenso de la xenofobia y el nacionalismo), y que en cualquier momento, las generosas contribuciones que los europeos destinan a este archipiélago pueden reducirse, e incluso, desaparecer. Y si ello llegara a ocurrir, no habrá anclaje legal que lo soporte. Así que optimistas sí, pero no tanto (ni tonto).

 

 

Guillermo Núñez Pérez

 

 

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