GUILLERMO NUNEZ ABOGADOS ASESORES FISCALES
 

INMIGRANTES/EMIGRANTES

Lunes, 20 de agosto de 2018.

        Inmigrar y emigrar son dos términos estrechamente ligados a nacional y extranjero, aunque también su significado se aplica dentro de un mismo país. El andaluz, extremeño o canario que decide abandonar su lugar de nacimiento para trasladarse a vivir a Cataluña o al País Vasco, es un emigrante a partir de que ejecuta ese traslado desde su lugar de residencia a otro, pero también, un inmigrante desde la perspectiva de la población en la que pretende integrarse y del nuevo territorio en el que trata de asentarse. En este sentido, el fenómeno de la inmigración/emigración adquiere una fisonomía especial como fenómeno de masas, en la conformación del Estado moderno como forma de organización del poder político. Cuando en la teoría política clásica se señala que son elementos del Estado, entre otros, una determinada población y un territorio en cuyo ámbito se ejercita el poder soberano con sus correspondientes atributos, se está delimitando el ámbito de quiénes son los nacionales de ese Estado y quiénes los extranjeros. Es en este último supuesto en el que hoy se plantea más crudamente el fenómeno de la inmigración, es decir, el fenómeno de la recepción de miles de personas de otras nacionalidades que pretenden por distintas razones rehacer o reiniciar su vida personal y familiar en países distintos al de su procedencia de origen.

 

        Históricamente, los fenómenos de inmigración/emigración dentro de un mismo Estado han estado marcados generalmente por razones de tipo económico (búsqueda de mejores condiciones de vida). Las emigraciones masivas de andaluces, extremeños, castellanos o murcianos a Cataluña o al País Vasco, no tenían otra razón de ser que la de poder abandonar las duras y paupérrimas condiciones de vida en el campo para pasar a integrarse como urbanitas en la incipiente actividad industrial generada en dichos territorios. Era esto mismo lo que hacíamos los canarios con nuestros asentamientos en Cuba en el siglo XIX o en Venezuela en la década de los sesenta del siglo pasado.

 

      Pero si el fenómeno de la inmigración/emigración está relacionado con los conceptos de nacional y extranjero, es igualmente constatable que dicho fenómeno está también asociado a las ideologías nacionalistas, que en su esencia tienen muchísimo que ver con la voluntad de exclusión y el racismo, así como con la xenofobia hacia el inmigrante, y ello, con independencia de que el inmigrante sea interior (nacional del mismo Estado) o exterior (nacional de otro Estado). Baste con recordar que Sabino Arana, fundador del PNV, afirmaba sin ningún tipo de recato que “Si fuese moralmente posible una Bizcaya foral y euzkaldun, pero con raza maketa, su realizacion sería la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo”. O más recientemente, el que fuera Presidente de la Generalidad de Cataluña, Jordi Pujol, refiriéndose a los inmigrantes andaluces que venían a Cataluña en la década de los setenta del siglo pasado, decía que  “El hombre andaluz es un hombre anárquico. Es un hombre destruido, un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y vive en estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad”.

 

        Con los anteriores precedentes de ámbito nacional, no es difícil entender los comportamientos racistas que aparecen solapados o claramente expresados en muchas opiniones y reacciones de líderes políticos europeos ante el fenómeno de la inmigración procedente, sobre todo, de África. Si antes algunos europeos obtuvieron pingües beneficios con el comercio de esclavos, ahora no estaría de más que como Unión Europea nos preocupáramos por ayudar económicamente a los países generadores de inmigrantes a encontrar en sus respectivos territorios las condiciones mínimas necesarias para no salir despavoridos de los mismos. En una Europa devastada por dos guerras mundiales, los americanos tuvieron la acertada visión de implementar el llamado Plan Marshall. El tiempo les dio la razón y tal propuesta planteada ahora por el líder del PP, Pablo Casado, con relación a determinados países africanos, es de lo más serio y sensato que he escuchado últimamente.

 

 

Guillermo Núñez Pérez

 

 

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