GUILLERMO NUNEZ ABOGADOS ASESORES FISCALES
 

¿VICIOS O VIRTUDES DE ORIGEN DEL SISTEMA POLÍTICO ESPAÑOL?

Domingo, 9 de diciembre de 2018.

         En uno de sus últimos artículos (“El discurso del Rey”, publicado en eldiario.es del 7 de diciembre), Javier Pérez Royo aborda el contenido del discurso del Rey con ocasión del cuarenta aniversario de la aprobación por el pueblo español de su Constitución de 1978.  Aparte de considerar que el contenido del discurso es prácticamente el mismo desde que se celebra la festividad del día de la Constitución, y que ello no es sino muestra patente de que el “mito fundacional de “La Transición” sigue siendo el único argumento para justificar la `legitimidad´ de la misma”, apunta el autor que no cabe la menor duda de que “La Transición” ha traído como consecuencia haber “vivido como país las mejores décadas de nuestra historia contemporánea”, lo que no obsta a reconocer igualmente que “La Transición” “tuvo que aceptar como hecho consumado la `Restauración de la Monarquía´, sin que pudiera extenderse a la misma el ejercicio del poder constituyente del pueblo español. Y que para que esto fuera posible, el principio de legitimidad democrática tuvo que proyectarse de forma debilitada en la composición y sistema de elección de las Cortes Generales. Las dos instituciones claves que hicieron `La Transición´, la Monarquía y las Cortes Generales, fueron definidas por el general Franco la primera y por las Cortes franquistas a través de la `Ley para la Reforma Política´ la segunda […] `La Transición´ y la Constitución se hicieron, pues, con un déficit de legitimidad democrática de origen notable. Déficit que no se ha corregido en lo más mínimo en estos cuarenta años” […] Este déficit ha permanecido oculto durante varios decenios, pero ha acabado dando la cara, como suele ocurrir con este tipo de vicios. Hasta que no se reconozca que el vicio existe y que tiene que ser corregido, el deterioro institucional seguirá su curso hasta el desmoronamiento completo del edificio”.

 

      La tesis del autor es realmente instructiva y, sobre todo, errónea, pues viene a poner de manifiesto un razonamiento imbuido por el modelo del pecado original del catolicismo: así como el pecado original se supera a través del sacramento del bautismo, el pecado de `La Transición (los vicios que el autor denuncia como ínsitos a dicho acontecimiento) sólo podrá ser superado a través del reconocimiento expreso de haber cometido un pecado. En consecuencia, planteado así, todo se reconduce a una cuestión de principio (ideológico) que muy poco o nada tiene que ver con la realidad histórica de la llamada transición política entre un régimen autoritario y un régimen democrático en España.

 

         Al hijo que bajo una ley es calificado legalmente como ilegítimo por haber nacido fuera del matrimonio, y que luego pasa a ser legítimo por una ley posterior, no se le exige que deba reconocer por el resto de sus días su origen ilegítimo para así fundamentar su plena actuación a todos los efectos. Dicho origen queda borrado (o superado) porque finalmente se ha reparado una situación que para los católicos era originariamente pecaminosa. 

 

       La Ley Fundamental de la sucesión en la Jefatura del Estado dictada por Franco en el ya lejano año 1947, que fue aprobada por las Cortes Generales y ratificada por referéndum, determinó que el sucesor sería propuesto por el propio Franco a título de Rey o de Regente del Reino. Los acontecimientos posteriores y la figura y actuación del sucesor, el Rey Juan Carlos, en el sentido de abogar sin ningún género de dudas por reinstaurar un sistema democrático, vienen a poner de manifiesto que no estamos ante un vicio del que hayamos de arrepentirnos, sino todo lo contrario: una pura virtud. La legitimidad de la decisión no viene de Franco, sino más exactamente, de la actuación indubitada del Rey a favor de un régimen democrático para nuestro país. Por eso ha sido de estricta justicia que las actuales Cortes democráticas hayan homenajeado la figura de Juan Carlos I estando vivo y no después de su muerte, tal y como ha ocurrido con la figura de Adolfo Suárez y otros actores de la transición política española.

 

     Algo similar ocurre con la actuación de las Cortes Generales franquistas. Fueron franquistas destacados, honestos e inteligentes, como Torcuato Fernández Miranda, Presidente de las Cortes y del Consejo del Reino, los que propusieron y lograron que los procuradores franquistas votaran a favor de la Ley de Reforma Política, aprobada por las Cortes en diciembre de 1976, y que supuso un paso decisivo para lograr la democracia desde la reforma y no desde la ruptura del sistema legal franquista. En consecuencia, nos hallamos de nuevo con otra virtud y no con un vicio de origen que deba ser reconocido a posteriori para su necesaria expiación (“borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio”).

 

      Lo que Pérez Royo denomina mito fundacional de `La Transición´ y vicios de la misma, no son en realidad ni mitos ni vicios, sino auténticas virtudes que han permitido al pueblo español convivir en paz y democracia durante cuarenta años.  Que a ello contribuyeran franquistas y antifranquistas, es muestra real y no mítica, de una coyuntura excepcional totalmente positiva en la historia de España. Quizás por ello, el auténtico vicio radique en todo caso en el empeño de algunos por cambiar la historia para abrir un futuro lleno de incertidumbres y riesgos innecesarios.

 

 

Guillermo Núñez Pérez

 

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